Bueno, pues ya estoy en la Gran Manzana. El viaje fue horrible. Ya debería haber presentido algo en la T4 de Barajas, cuando vi a miles de adolescentes tirados por el suelo: tendría que haberles chafado la cabeza aprovechando mi ventaja posicional. No lo hice, todavía tengo que seguir trabajando con mi psicoanalista ciertos irracionales prejuicios judeocristianos. Al grano: cuando las bombas hormonales se subieron a MI avión no pararon de incordiar hasta decir basta. Como prueba, la retrasada mental a la que el azar situó en el asiento contiguo al mío y que, al ser requerida por la azafata para que apagara su ipod durante el despegue, le soltó un "¿Y por qué?" a la atónita y sufrida empleada. Creo, no obstante, que no lo hacía con mala sombra: sencillamente, era tonta. Una vez libres de las restricciones del despegue, el estado emocional que me provocaron los muchachos y muchachas de la calle Serrano y alrededores (una se llamaba Almudena, y el acento era incuestionable) fue deambulando entre la molestia (excursiones de cinco o seis niñatos juntos al aseo), el alarmismo (acumulaciones en distintas zonas de la cabina), la indignación (no paraban de hablar, con lo que me fue imposible pegar ojo) y, a la postre, como no cabía esperar otra cosa, el odio puro y duro.
Cuando, tras ocho horas de interminable padecimiento, llegamos a JFK, lo primero que tuve que hacer, claro, fue pasar el control aduanero. El policía que me atendió me miraba con desconfianza (aunque creo que eso es parte de las instrucciones que reciben) hasta que le dije que era funcionario del ayuntamiento de mi pueblo. Se ve que le convenció mi explicación, o sea, que sí, que me vio con pinta de funcionario, aunque todavía no tengo muy claro cómo debería tomarme eso. :-(
Una vez libre de mis obligaciones para con la administración de Obama, contraté el servicio Blue Shuttle, una especie de furgoneta como las que utilizan los macarras que van repartiendo putas por la carretera y en la que, tras ser amontonados 10 personas con sus respectivos equipajes, nos fueron repartiendo por la ciudad. Al llegar a mi destino, Fernando estaba esperando en la esquina (qué chiquitico se veía con el pedazo de rascacielos que hay frente a la casa :-). Tras pasear al atardecer por la orilla del Hudson, nos dedicamos a cosas más prosaicas como ir al super a hacer la compra (nota para futuros visitantes: el Western Beef de la 63 con la 11 tiene muy buenos precios) o ir a comernos una hamburguesa quemada por fuera y cruda por dentro. Y con esto, acabó el primer día.
Las fotos que ilustran esta entrada son la de los niñatos planeando su siguiente estupidez y, como contrapunto a tanto lujo inmerecido, la de una mujer asomada a la ventana de una residencia de ancianos en Harlem que me provocó tanta ternura como tristeza. Qué mal repartido está el mundo. Besos.
Me ha encantado el primer relato de tu largo, largo, largo viaje a NY. Espero que sigas relatándonos tu día a día e ilustrándolo con más fotos (por cierto, al pinchar las fotos no se amplían). Besitos para ti y Fernando.
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